Dar gracias a la vida y, aun así, no soportarla. Cuando vivir se vuelve un laberinto sin salida, como el de Violeta Parra.

Antes de ayer se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Violeta Parra. A esa muerte hay que agregarle un detalle: se produjo por suicidio. Muchos coinciden en considerar una paradoja que terminara sus días de ese modo quien cantaba para agradecer la vida. Esa sentencia, ese juicio, abrió en mí una nueva vía de reflexión, sembró una pregunta: ¿Puede amarse, admirarse la existencia y, al mismo tiempo, ese existir individualizado en nuestro cuerpo, volverse una carga?

Podría apelar a aportes técnicos y filosóficos. Prefiero comenzar invitando a hurgar en el maestro más infalible: la propia vida. Si observás por un instante tu historia quizás encuentres, como la mayoría, que podés contar en tu haber muchos momentos de intensa felicidad en que este mundo puede haberte parecido una bella realidad; sin embargo, en el curso de la misma vida, por distintos desafíos que se erguían como gigantes implacables, podés haber fantaseado con la idea de dejar de estar porque, en esos momentos, no soportabas ser. Si estás leyendo esto es porque encontraste la manera de dejar esa tentación de desaparecer como un delirio de una mente fugazmente ensombrecida por el curso de los acontecimientos. Pudiste, sí, porque estaba activa y sana tu voluntad, tu integridad.

La voluntad es la herramienta mesiánica que se esgrime frente a muchas adversidades; es el caballito de batalla que se usa una y otra vez como argumento para demostrar que “si queremos, podemos”. Lo es especialmente en estas épocas en que, si la cosa no funciona, parece que con “entrenadores de vida”, “método” y “propósito” podemos lograr lo que sea. ¿Será eso suficiente para recuperar el deseo de vivir? Quizás sí para recobrar el deseo, pero a veces no para encontrar las fuerzas. Conozco muy bien varias técnicas de desarrollo personal y espiritual; por eso mismo, sé que no todos los caminos funcionan por igual para todos los caminantes y que no todos están sembrados de saber real ni de buenas intenciones.

Es relativamente fácil, o al menos factible, apelar a la voluntad para recuperarnos del deseo de morir que provocan las vicisitudes de nuestras circunstancias concretas. Es como construir un puente para saltar una falla en el terreno. Probablemente tomará tiempo, requerirá materiales y herramientas, implicará algún reniegue, alguna rendición transitoria. Pero, antes o después, por fuerza propia o por variaciones del terreno, cruzaremos al otro lado y continuaremos camino.

Me pregunto qué sucederá en las mentes que ya no pueden siquiera concebir la posibilidad de un puente, que ya no logran ni ver el paisaje porque todo se ha vuelto oscuridad. Puede que sus creencias, sus saberes, su entorno e incluso sus circunstancias evidencien que la vida vale. Puede, también, que nada de eso sea suficiente. Violeta cantó Gracias a la vida en noviembre de 1966; el 5 de febrero de 1967 se disparó en la sien derecha con un revólver. Dicen que se recostó en el suelo, se apoyó sobre su guitarra y se fue. Todos hablaron, hipotetizaron, reclamaron que era una mujer muy buena, que llevaba una vida tranquila, entregada a su arte, que era muy amada, que cómo había podido hacer algo así. Después salieron a la luz sus intentos de suicidio recurrentes. Luego se habló de medicación, de estrés emocional y laboral. Finalmente, de depresión.

Depresión es una palabra que no nos resulta desconocida, pero que encierra una realidad que la mayoría no comprende. Todos vemos la película pero la historia, la sensación en cada escena, solo la conoce quien actúa y quien carga con el personaje y, además, con la trama. Dicen que deprimirse es el mal de estos tiempos complejos; que vivimos realidades tan enajenantes que hasta podemos transitar una depresión sin darnos cuenta. Si a eso le sumamos que vivimos en un mundo donde nos miran pero no nos ven, donde buena parte de las personas no quieren vernos, entramos en ese valle absolutamente solos. Nos observarán desde la cima, después, desde donde evaluarán el terreno, el clima, la posición y estado de nuestro cuerpo inerte, la historia que nos llevó ahí, los senderos que podríamos haber tomado para volver a subir… Serán rescatistas a destiempo y regresarán a sus casas, luego, conversando sobre nuestra debilidad, sobre nuestra falta de voluntad o sobre nuestro trágico destino. ¿Será que solo miran el suelo que pisamos, cómo nos alumbraba el sol, pero desconocen lo que cargaba nuestra mochila, la sombra que llevábamos en el alma, el cansancio de nuestros pies?

El mundo cantó con Violeta “Gracias a la vida”, pero la mayoría no conoce los versos de “La Carta”: Me viene a decir la carta / que en mi patria no hay justicia / Los hambrientos piden pan / plomo les da la milicia, sí / De esta manera pomposa / quieren conservar su asiento / los de abanicos y de frac / sin tener merecimiento / van y vienen de la iglesia / y olvidan los mandamientos, sí / Habrase visto insolencia / barbarie y alevosía / de presentar el trabuco / y matar a sangre fría / a quien defensa no tiene /
con las dos manos vacía, sí.

¿Será que gran parte de los oídos deciden escuchar nuestras melodías bellas y dejar en un rincón, infames, nuestras quejas, las de las palabras y las que nunca llegan al canto porque se nos mueren en los ojos?

Homenaje en la tumba de Violeta Parra

La depresión es una sinfonía compleja. Es una entidad que toma tal fuerza y ritmo que, si bien se configura con los movimientos de quien dirige, como todo sonido, vibra, vuela, flota, se mueve, retumba en todas las superficies. En la desesperación, hay quienes creen que la única forma de controlarla es callar los instrumentos para siempre. Algunos tienen la suerte de contar con un público atento que sabe escuchar y que se anima a subir al escenario para sostener al cantor que quiere callar, que se desvanece porque sus rodillas ceden ante el peso de su existencia. Hay público que se anima a co-crear, a acompañar, en lugar de juzgar. Es el que sabe, por su propia cuerpo, por el coraje de haberse mirado y conocerse, que esta maquinaria que somos, aunque tiene muchos mecanismos de activación voluntaria, también funciona misteriosamente gracias a muchas dinámicas autónomas que pueden tanto llevarnos a buen destino como a explotar.

“Gracias a la vida que me ha dado tanto / Me dio el corazón que agita su marco / cuando miro el fruto del cerebro humano, / cuando miro el bueno tan lejos del malo, / cuando miro el fondo de tus ojos claros”, cantaba Violeta. Gracias a la vida podemos dar cuando los ojos claros no solo existen sino que nos miran, nos ven y nos salvan, o al menos lo intentan.

Diana Santoro
Especialista en Letras – Columnista de Viajes, Salud, Bienestar, Actualidad, Cultura, Arte y Sociedad

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